El despegue

En otras notas hemos hablado acerca de la ansiedad que puede generar la compra del pasaje o simplemente la noticia de tener que hacer un viaje. Ese momento en el cual ni siquiera se está en el avión y que sin embargo genera pensamientos ligados al miedo que pueden hacerse recurrentes y que cada vez que aparecen son motivo de síntomas físicos y psíquicos . Obviamente están conectados con el viaje en avión, sus avatares y un sin fin de pronósticos que generalmente no se cumplen.

Hoy quiero hacer hincapié en lo que significa viajar y despegarse, pero no solamente del piso.

Muchas veces es despegarse de la familia, de las cosas que a uno le brindan seguridad e identidad. Desde la casa, el perro, las plantas, el barrio, “todo”. Ese despegue que puede llevar a un viaje soñado, al reencuentro con familia que vive muy lejos, a un viaje de estudios, a una luna de miel y por qué no también a encontrarse con una mala noticia. Aunque no de forma consciente, muchos desafíos se activan ante un despegue. Inseguridades, temores, recuerdos de situaciones pasadas no gratas, proyección de catástrofes venideras, todo y más se potencia en el despegue. Es allí donde hay que encontrarse con los propios recursos.

Para muchas personas, el despegue es uno de los momentos más difíciles del vuelo. Tan solo segundos se tarda en el rodaje desde que el avión está detenido en la pista y despega sus ruedas. En pocos minutos más el avión estará nivelado para seguir un ascenso controlado. Sin embargo se puede llegar a sentir ese momento como un desgarro, un punto de no retorno. Aparece claramente la noción de que el control ya lo tiene otra persona.

Si a todo esto le sumamos que en esos breves segundos de recorrido por la pista el avión debe llegar a desarrollar 200 km por hora aproximadamente, eso implica una aceleración a la que no estamos preparados en el diario vivir.

Se activan sensaciones corporales desagradables que al no poder interpretarse adecuadamente, se interpretan negativamente. El avión va para adelante y uno se adhiere al asiento, la panza se pega a la espalda, los árboles pasan a los lados vertiginosamente (en Aeroparque, por ejemplo), reina un silencio intimidante y se activa en la mente todo lo enunciado más arriba; la consecuencia es estrés, tensión, miedo, desagrado.

Esas sensaciones pueden ser desconocidas, desagradables, incómodas, pero son sensaciones. No peligros.

Para los que no volaron nunca: tranquilos, no a todas las personas les ocurre lo mismo y hasta que no se animen a vivirlo, jamás se enterarán qué les puede llegar a producir el despegue porque aun no se han decidido a ser protagonistas. Tal vez descubran algo fascinante y si no es así podrán hablar en primera persona.

Para los que sólo han volado algunas veces: tranquilos, cuando el volar es esporádico y entre un vuelo y otro pasa mucho tiempo, es como volver a hacerlo por primera vez. Sobre todo para el cuerpo que se olvida de la sensación vertiginosa de la partida. Es posible entablar un diálogo entre cuerpo y mente para darle otro significado a lo que se está sintiendo.

Para los que han volado mucho y el malestar frente al despegue sigue allí: tranquilos, tienen la experiencia de vuelo pero no logran cambiar el diálogo entre mente y cuerpo que permita bajar el nivel de alerta o alarma. Si cada vuelo se enfrenta con aprensión y desconfianza el diálogo entre el pensamiento (esto es muy peligroso) y el cuerpo (taquicardia, sudoración) no permite lograr diferenciar entre no me gusta o me incomoda y es peligroso. Se puede lograr volar de otra forma.

Soluciones:
– Mágicas, no hay. ¡Qué novedad!
– Las posibilidades están en uno mismo.
– La información sirve para no generar fantasía aterradora.
– El autoconocimiento sirve para poder identificar cuáles son los disparadores que activan los pensamientos y las sensaciones físicas.
– Desarrollar recursos para habitar el presente. Soltar el pasado y no adelantarse a lo que aun no ha ocurrido porque muchas veces no ocurre.

“Sea lo que sea lo que nos ha ocurrido, ya ha ocurrido. Lo importante es cómo vamos a manejarlo, es decir ¿Y ahora qué?”
Jon Kabat-Zinn

Vale decir ¿Qué hago con esto? ¿Qué hago con mi “despegue”?

El despegue
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